La Esperanza, volver a teatro en tiempos de pandemia
Por: Liz Jurado.
Canta el gallo y amanece. Limpiar la habitación, desayunar, hacer un poco de ejercicio, almorzar, jugar con el perro, leer, cae la noche para cenar y dormir. Canta el gallo y amanece. Limpiar la habitación, desayunar, hacer un poco de ejercicio, almorzar, jugar con el perro, leer, cae la noche para cenar y dormir. Los días son solo eso en la casa de doña Nidia.
De repente, ocurre lo que todos temían, ya no hay comida en la despensa. Doña Nidia llama a los 3 jóvenes que viven con ella, incluso el perro es citado para la tan vital reunión... Está acechando el virus y nadie puede quedarse por fuera. El temor y la ansiedad se apoderan de todos, pero el más afectado es el chico rubio que padece de un toc. Mientras la mujer joven intenta controlar a su compañero, doña Nidia toma la decisión de llamar a un domicilio.
De inmediato se activa la alerta roja dentro de la casa…
Todos corren a sus habitaciones, los del segundo piso trepan con agilidad por un tubo que los comunica con sus habitaciones, hacen una que otra acrobacia y de repente se escucha el grito de doña Nidia y todos hacen una especie de formación militar. Llevan puestas máscaras anti gas que recubren todo su rostro, chaquetas reflectivas y algunas armas hechas con traperos y palos de escoba.
El timbre suena, todos corren a sus puestos y se atrincheran en una barricada que armaron con cartones, plásticos y otros elementos de la casa. El más joven del grupo es el elegido para recoger los alimentos que trae el hombre que llega en una bicicleta, portando una máscara mucho más grande y una maleta color naranja llena de víveres.
El suspenso que impera se rompe con el grito: - "Déjelo en la puerta, debajo del tapete le dejé la plata”.
Para tomar los alimentos inicia todo un operativo, el joven en medio acrobacias se acerca a la puerta con sigilo mientras carga una máquina fumigadora en sus hombros, revisa que todo esté bien empacado y empieza a esparcir el líquido a la comida y al lugar, no queda un centímetro sin rociar. Cuando la comida y el joven están a salvo, se desata el frenesí… Los habitantes de la casa escondidos en la trinchera lanzan todo tipo de objetos al repartidor, gritan desesperadamente que se vaya porque él viene de la calle donde está la peste. El hombre mal herido, logra escapar como puede.
La inverosímil escena que llenó de carcajadas al auditorio del Jorge Eliecer Gaitán, se torna infernal para mí. “Si, por ridículo que parezca estamos actuando así, por extraño que se vea estamos en el segundo año de una pandemia”, pienso.
Amanece, llega la rutina, la ansiedad del chico rubio evoluciona y se nota cada vez más afectado, quiere salir. La chica joven en las noches se prueba la ropa con la que solía conquistar miradas, doña Nidia se ha convertido en una dictadora, el chico jóven empezó a practicar malabares, el perro se engordó. Pasa el policía con un megáfono advirtiendo que estamos en la ola número 1.342 y que se espera que por fin sea la última, pero la cuarentena se mantiene. Luego se escucha al músico pidiendo unas monedas para sobrevivir, luego el empresario que entró en la quiebra.
Con la obra La Esperanza, regresé al teatro. Luego de casi un año cerrado por la pandemia del Covid19, el telón del Jorge Eliécer Gaitán se abrió nuevamente con un aforo controlado, los espectadores a varios metros de distancia del otro, gel antibacterial antes sentarse y la advertencia de que nadie podía quitarse el tapabocas.
La obra es de la compañía independiente La Gata Cirko, está inspirada en el teatro de lo absurdo y representa la supervivencia de varias personas que conviven en medio de una pandemia, a través de la danza contemporánea, el teatro físico y las técnicas de circo.
Esta compañía teatral que inició en Bogotá desde el año 2003, es solo uno de los millones de grupos teatrales en todo el mundo, afectados por la pandemia.
En Colombia según el Ministerio de Cultura, para el año 2020, el recaudo de la contribución parafiscal en el sector cultural disminuyó 78%. Mientras que para el caso de Europa se conoció que las artes escénicas perdieron en 2020 un 90% de ingresos.
Solo pude pensar en algo así cuando el proyector de luz enfocó a los artistas mientras hacían una reverencia. Sentí pánico de pensar que parte de ese escenario casi apocalíptico se iba a quedar conmigo, me siento más cerca de ese espacio escénico que de lo que antes fue la vida real.
No puedo evitar un par de lágrimas ante el aplauso sostenido que desbordaba la emoción entre las tablas y el público, y es que aquí la conexión entre los actores y los asistentes trascendió la intención del simple espectáculo, desvelamos parte de nuestra propia vida, nos sentimos representados, todos estamos en esto. Se cierra el telón.
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