Calles tatuadas
El Colectivo Toxicómano, llena las calles de Bogotá de Grafttis, en los que expresan lo que perciben a cerca del acontecer diario nacional, las luchas por el poder que se escuchan en los medios, retratan a los personajes reconocidos y segregados de la sociedad, en incluso las estructuras por las que caminamos a diario.
Silva señalaba que los imaginarios eran “imágenes”, que se convertían en guías, pero también caracterizaban a los sujetos y fomentaban los procesos sociales, , con el Colectivo Toxicómano, encontramos el encuentro de diversas sub culturas de Bogotá, que conviven y comparten el espacio público y mediante la música, los bailes, los deportes y sus estéticas reflejan los nuevos modos de entender a la ciudad, al país, al mundo y a su propia existencia, sus inquietudes, aspiraciones y frustraciones.
Sus grafittis son como tatuajes en las paredes de la ciudad, en los que podemos encontrar desde escritos de apoyo al M19, hasta el rechazo a la reforma a la educación impulsada por el Gobierno, comics burlescos del Presidente Santos, simbología comunista y antifascista, y dibujos que ocupan grandes paredes de las avenidas más representativas de la ciudad, tales como la Séptima, la Caracas, y la Suba.
Basta con pasar por cualquiera de estas rutas para entender que la ciudad está minada de elementos simbólicos que nos están reflejando el latido de lo que gran parte de la sociedad se pregunta. Otra de las cuestiones que aplica con respecto a las nociones de Amando Silva, tiene que ver con las dinámicas de esas nociones, son cambiantes, otras mutan, mueren o se repiten, en el caso de nuestro país, pareciera que la guerra, la corrupción y el delito fueran la constante.
Más recientemente hemos visto en la avenida suba grafttis de hombres con pistolas al lado de mujeres exuberantes, muy acordes con los contenidos de las novelas de los canales privados, que por éstos días han prendido el debate público con la pregunta de si eso es lo que somos.
Es inevitable hacernos esta pregunta cada vez que vemos esas pinturas, que fueron hechas tal vez en medio de realidades muy cercanas o muy lejanas, o tal vez, en un “viaje” patrocinado por las sustancias que mantienen a los hombres que retratan.
Las paredes también están llenas de recuerdos, los graffitis en lugares que ya desaparecieron, como los parques olvidados, en los que se niegan a morir los recuerdos de los antepasados.
Los imaginarios que están plasmados en las paredes, también denotan sentimientos miedo, el amor, el rencor, la indignación, la frustración, y es aquí donde adquiere el valor y la apropiación porque el concreto gris se convierte en una herramienta útil a la que se le da un valor agregado por que se le está entregando algo de lo que están viviendo los ciudadanos al plasmarlo.
Se convierten en memorias de un pasado con otras tradiciones y creencias, hay graffitis históricos como uno que inmortalizó un periodsta, durante la segunda guerra mundial que decía: “Nosotros tenemos hambre”.
Dentro de estos imaginarios también hay reglas establecidas que muchos desconocen pero que se han impuesto ante la sociedad. Los graffiteros, según lo decía uno de los integrantes de Toxicómano, ven las noticias porque no son ajenos a le realidad, tienen sus propios estilos, sus propias técnicas, sus territorios y sus códigos. Ellos de alguna manera están dominando en el espacio urbano porque imponen sus estéticas en las paredes de la ciudad.
Sus mensajes compiten con los de la publicidad, y en muchas ocasiones logran obtener mayor atención, por el rechazo que ha generado muchas producciones mediáticas. Ellos representan otros imaginarios de las contraculturas callejeras pero que en muchas ocasiones conservan más el sentido crítico y estético que las grandes producciones.
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